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Endulzando la Navidad

Ana Mendiola

Hace ya varios años, mi abuelo se puso muy enfermo justo el día de Nochebuena por la tarde y hubo que ingresarle en el hospital.
En cuanto me avisaron de lo que había pasado, salí de casa volando para llegar lo antes posible al hospital, pero antes decidí llevarle algún regalo, porque le encantaban las sorpresas. Al bajar a la calle, todas las tiendas estaban cerradas, salvo una pequeña pastelería en la que solo había entrado un par de veces. Entré corriendo y me atendió una señora majísima y muy entrañable.

Aquella señora me comentó que había tenido mucha suerte porque estaba a punto de cerrar para ir a cenar con sus hijos y nietos. Me recomendó muchos dulces de la tienda, que preparaba ella misma, y me decanté por unos pasteles pequeños con formas navideñas. Al explicarle que eran para mi abuelo, que estaba ingresado, y que le agradecía muchísimo la atención recibida, la señora se emocionó. Me dijo casi llorando que, por cosas como esa, ella siempre cerraba tarde en los días festivos. Decía que le hacía feliz ver las caras de ilusión de sus clientes cuando les salvaba la noche al poder comprar un regalo de última hora, o llevar unos dulces navideños a sus cenas cuando nos les había dado tiempo a preparar nada.

Nunca olvidaré aquella pastelería abierta en la que me atendieron con una sonrisa, lo bien que cuidaron a mi abuelo los profesionales del Hospital a pesar de que faltaban pocas horas para la cena de Nochebuena, y la cara de ilusión de mi abuelo cuando vio los pasteles que le había comprado.